14/6/2013

Las formas de la expresión del pensamiento humano

De las formas de la expresión del pensamiento humano


La oral y la escrita


Artículo publicado en Revista Logosófica en octubre de 1943 pág. 17



En más de una ocasión hemos debido referirnos a los diversos aspectos que configuran el lenguaje humano. Bien es sabido que es el medio de comunicación personal más directo. Entre sus formas de expresión, cuenta con la oral y la escrita. Vamos a ocuparnos hoy de la última, luego de hacer sobre ellas una breve discriminación.


Las palabras escritas no son exactamente iguales a las habladas, o sea a las que se trasmiten por vía oral, pues estas últimas son escuchadas y penetran más directamente en las regiones del entendimiento. Las leídas no siempre tienen por consecuencia una inmediata comprensión, y no la tienen porque por lo general las palabras escritas son leídas ligeramente, con la atención puesta en múltiples partes, y en estados mentales muy diversos; de ahí que cueste a veces tanto entenderlas, y en cambio, resulte tan fácil comprender la palabra que se oye, pues casi siempre, al escucharla, se trata de predisponer la mente a absorber su contenido.

Cuántas veces se recorren páginas enteras sin tener, al terminar, el más remoto recuerdo de su contenido. Es porque estuvo ausente la razón, que controla la entrada de los pensamientos leídos. Y así es como lo escrito se convierte en letra muerta.

No es cuestión, pues, de leer por leer, sino de saber leer: saber propiciar a la palabra escrita el ambiente mental necesario para que, en vez de convertirse en letra muerta, tome contacto con la inteligencia y produzca como resultado de una asimilación real, una comprensión, si no perfecta, por lo menos lo más acertada posible.

Para ello es indispensable concentrar la atención en aquello que se lee y tomar bien en cuenta todo cuanto el pensamiento leído expresa a la reflexión. Solamente así, lo escrito puede beneficiar en alto grado al que lee con paciencia y buen ánimo, sobre todo si piensa que es un mensaje que el autor le dirige; más aún, que es su pensamiento vivo que le trasmite a través de la palabra escrita, para que él, comprendiéndola, la transforme en palabra oral y los demás puedan escucharla tan pura y nítida como si proviniera de su fuente original.

Muchas de las erróneas interpretaciones que suele darse a lo leído obedecen a que en el momento de la lectura no se han tomado las precauciones convenientes para que no haya interrupciones en el paso del pensamiento a través de los canales de la mente. Señalamos esto para que al leer las enseñanzas logosóficas el lector no pierda el tiempo en estériles divagaciones, y no sea su lectura, fugaz y aparente, sino real, a fin de que pueda transfundirse la palabra escrita, ese pensamiento que se exhuma de ella, en la propia alma, como esencia del conocimiento. Predisponiendo la atención y concentrándola hasta que, serena la mente, se manifieste un estado de espíritu propicio, se logrará que el contenido de los pensamientos logo­sóficos penetre sin obstáculo, con su fuerza de expresión, a las regiones del entendimiento y de la reflexión.

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