17 jun. 2013

La Logosofía como ciencia de la observación

La Logosofía como ciencia de la observación

Por: Carlos B. González Pecotche

Artículo publicado en diciembre de 1943, pág. 09

Es muy común equivocar el concepto que realmente debe tenerse sobre el acto de observar, o sea, sobre la observación que se efectúa en las mil oportunidades que a diario se presentan a la mirada o al juicio propio.

Podría decirse que es tendencia general el observar para criticar o para señalar defectos, esgrimiendo de constante la ironía sutil, que se bosqueja en el rostro al descubrir en el semejante las fallas o imperfecciones de su carácter o proceder. Recién cuando se siente sobre sí la intolerancia ajena, la misma que uno manifestara antes para con. los demás, es que se advierte la necesidad de volver los ojos hacia motivos que predispongan mejor su juicio y que no resulten, como en el caso anotado, enojosos para el mismo. 


Las observaciones que efectuamos en los demás, deben ser para la propia razón y contribuir inexorablemente al mejoramiento individual, pues de la observación justa e inteligente surge la capacidad para corregir los defectos propios. Así, cada semejante se convertirá en un espejo en el cual cada uno habrá de ver proyectada su imagen. Si tomamos para observar, por ejemplo, los bellos gestos o modales, las justas actitudes o la noble conducta instituyéndolos en modelos que han de servir para perfeccionar la propia cultura, y tratamos, con paciente empeño, de semejarlos, veremos que la observación, lejos de ser desviada de su fundamento esencial, asumirá para nuestra vida una importancia indiscutible.

Y si por una parte habrán de mejorarse las características propias por el cultivo de las calidades en pleno apogeo en los demás, por otra parte habrá de corregirse cuanta falla o defecto entorpezca el libre desenvolvimiento de esas condiciones, ya que el no hacerlo colocaría siempre en una escala de inferioridad que de ninguna manera conviene al concepto que cada uno anhela que los demás sustenten de él.

La Logosofía, al ilustrar sobre la importancia que reviste la observación como uno de los medios individuales de perfeccionamiento, señala también que debe alcanzarse una verdadera técnica en la ciencia de observar. A ello obedece que destaque una y otra vez la necesidad de orientar la observación hacia fines siempre útiles al proceso de evolución, y que sean fértiles en el sentido de auxiliar a la inteligencia en la búsqueda de elementos para ampliar los conocimientos y engrandecer los caudales del saber.

El investigador científico profundiza la observación y la continúa en el aspecto que caracteriza sus estudios, pero generalmente desecha toda otra que no interese a los fines de la rama que investiga. La Logosofía, en cambio, como ciencia integral, propicia todas las observaciones que contribuyan a extender el campo de las experiencias, ya que de las mismas, en las múltiples fases en que suelen configurarse, extraen, o mejor dicho, pueden extraerse valiosísimas enseñanzas.

Queda determinado, pues, que la observación debe ser considerada como cuestión fundamental para la evolución consciente del ser. Y si se aprecia lo que esto significa para la superación individual, se verá, que en la vida común o diaria es poco o nada lo que se observa, puesto que simplemente se ve lo que se quiere ver, y la mayor parte de las veces eso mismo es juzgado en forma caprichosa.

Logosóficamente, observar es ejercitar la reflexión mientras el entendimiento extiende sus manos para tocar y palpar lo que se ve. La observación es, por tanto, activa, nunca pasiva o indiferente; y siendo activa, es lógico que deba encontrar a la mente siempre dispuesta a recibir con alegría el fruto de la observación, y que este fruto sirva eficazmente al enriquecimiento de las energías internas del ser.




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