25 ene. 2013

El poder de los estímulos

El poder de los estímulos 


Artículo publicado en Revista Logosófica en noviembre de 1941 pág. 03





Nada gravita más sobre la vida del ser que el estímulo, y nada se muestra más esquivo a las pretensiones humanas. 

El hombre anda, por decirlo así, a tientas por el mundo, como la nave que surca los mares, sin dirección, como las nubes que vagan por el espacio.
Salvo raras excepciones, pasa sus días sumergido en la más grande desorientación. Constantemente se le oye quejarse de su suerte; se le ve deprimido y hasta hastiado de las diversiones. Diríase que no encuentra en la vida la justificación de su existencia. Y si por momentos algo llena su espíritu colmándolo de felicidad, ello es sólo un instante con relación a la distancia que media entre el principio y el fin de su vida. 



Lo desconocido le atrae, por lo mismo que todo es misterio para él. Su conocimiento es ínfimo en comparación con toda la Sabiduría que le rodea y que por su limitación no percibe, pero inconscientemente experimenta una necesidad íntima de penetrar y descubrir para tranquilidad propia todo aquello que no discierne su entendimiento, que no puede juzgar su razón ni su inteligencia, y que por un designio natural excita y hostiga constantemente su naturaleza invitándola a participar de la vida universal que fluye de toda la Creación; esa vida a la que el hombre permanece ajeno, desconociéndola y hasta despreciándola en su total intemperancia, como una prueba cabal e irrefutable de su inconsciencia. 

Toda la desdicha del ser humano proviene, precisamente, de la incapacidad para organizar la vida y encarar los problemas de la existencia como corresponde a la jerarquía de su género.



Es notable observar que siendo el estímulo lo que instantáneamente produce un efecto edificante hasta el punto de reavivar un entusiasmo no común en el individuo, éste se preocupe tan poco de acercarlos hacia sí para experimentar las saludables reacciones que proporcionan al alma. Podría decirse que el estímulo es como una fuerza viva que interpenetra al ser y lo satura de nuevas energías; pero, pocos, muy pocos, son los que saben aprovechar esa fuerza viva y mantener el máximum de tiempo posible la reacción benéfica del estímulo, conservando el entusiasmo que genera. 



Cuando el ser se siente animado de los mejores anhelos y emprende una labor que le resulta grata y propicia para su evolución, debe cuidar de no desmayar en sus afanes; de mantener el ritmo de sus actividades, esforzándose por que éstas no decaigan o se resientan, a fin de no experimentar las consecuencias desfavorables de la inercia mental, pues bien es sabido que ella trae consigo la indolencia, el desgano y el abandono. 

La actividad mental (1) debe representar para el ser humano el único campo favorable al mayor desarrollo de sus facultades. La capacitación individual se obtiene merced a la intensidad de la actividad y a la perseverancia en las miras. Tenemos, por tanto, que la capacidad de producción será tanto mayor cuanto mayor sea el esfuerzo y más firme la voluntad de producir. 

El conocimiento de lo que cada uno se propone hacer es lo que garantiza la eficacia de las acciones y lo que asegura el éxito. 



La actividad es índice de un buen estado mental. Cuando el hombre trabaja no hay agitaciones mentales nocivas ni malos pensamientos. La holganza procrea el virus del desconformismo y genera las ideas más extrañas al sentir y la moral humana. 

La actividad mental crea nuevas necesidades a la inteligencia, y ésta, a su vez, estimulada por los aciertos de la razón, expande sus luces, atiende y resuelve las nuevas situaciones que se plantean, permitiendo una actividad aún más intensa. 

(1) Estudio, investigaciones, empresas de iniciativa, planteamientos del conocimiento trascendente, perfeccionamiento, etc.


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